
Aquel día fuí a tu encuentro por primera vez, no te conocía. Llevaba en mis manos para ofrecerte, un librito con los primeros poemas que había escrito, solamente porque te gustaban. Tomamos un café, en el que después fué nuestro sitio. Eran los primeros poemas de un hombre que hacía algún tiempo atrás había elegido vivir. Tal vez no tuvieran mucho valor, en si mismos. Pero de alguna manera te estaba ofreciendo un símbolo del que soy.
A ese encuentro siguieron otros. Cada uno tenía su vida, tenia su historia, su camino recorrido, sus dificultades, y cargaba con ellas en su mochila. Teníamos en común el mismo deseo y la misma sed de ser felices. O al menos yo, lo entendí así.
Y una mañana, lo confieso lo deseaba tanto tanto, Que me atreví y te abrace sobre un viejo tronco caído en medio de un parque de la ciudad. Ese día, no tuviste miedo y confiaste en mi. Ese día, Dios me toco el pecho, y sentí que el amor de mi vida había descendido de los cielos hasta mi. Tal vez, no estaba preparado todavía para recibirte, pero de todas maneras confié en ti y me atreví.
Durante los años siguientes aprendí a amarte con todas la fuerzas de mi alma y con todo mi ser. Eras hermosa, eras inteligente, eras una buena persona, una maravilla de mujer. Y yo sentí que tocaba el cielo con las manos, que eras por lejos, lo mejor que en toda mi difícil vida me había pasado. Y solamente desee darte todo el amor que tenía guardado durante tantos años esperándote. Rogaba a Dios, cada día, tener la oportunidad de darte ese amor. Porque eso era muy necesario y muy sano para mi. Porque me llenaba de paz, de alegría, de orgullo, de vida, y de felicidad.
Pero creo que todo, absolutamente todo lo hice mal. En primer lugar, jamás se me ocurrió considerarte una mujer con la cual pasar el rato y nada más. Aunque no tenías perfecta conciencia de mis sentimientos más íntimos, te amé desde el primer momento. No debería haberlo hecho. Ahora me doy cuenta de ello. Pero no fui dueño de mi mismo y no pude dejar de hacerlo.
Tu tenías tus compromisos, tu historia, tus cosas. Estabas agobiada por una rutina que te asfixiaba, llena de intereses mundanos y sensoriales, Y no te sentías más que una esclava de tu propia vida, como tampoco te sentías amada. Yo estaba atrapado en las redes de una historia de terror, intentando romper el maleficio, hacerme dueño de mi propia vida, y recuperar la libertad de ser. De modo que quiso el universo que nos encontremos y nos acompañemos el uno al otro de algún modo. Pero yo debí haberte amado así.
Me desubiqué casi desde el primer instante. Debí considerarte una amiga con la cual pasar un rato agradable y nada más. Pero mis sentimientos eran tan fuertes, que solamente pude amarte. Estuve a tu lado, tanto como me fue posible. Pero siempre desee estar mas. Compartir más. Y los pocos momentos que podíamos estar juntos, si bien me hacían sentir el ser más feliz del universo, siempre me dejaban ese rancio sabor a poco, a insuficiente, a necesidad insatisfecha. Y te dejaba partir, para que regreses a tu realidad, abrazandome a tu recuerdo y a tu imagen grabada a fuego dentro de mi.
Estuve a tu lado, cuando tus amigos te hicieron daño. Cuando la angustia y la tristeza de afligían. Cuando te desengañabas y perdías. Cuando la pasabas mal. Cuando se enfermaban tus hijos. Cuando la vida te agobiaba y te podía. Cuando no estabas del mejor humor, ni con la mejor sonrisa. Cuando quisiste hacer aquel curso que tanto te atraía. Y acaso porque yo también era como vos. Nunca te conté todas las que tuve que pasar para estar a tu lado cada vez que podía. Como cuando salía del hospital, lleno de problemas, para invitarte a almorzar, para verte, para llevarte una alegría. No te lo contaba, del mismo modo en el que vos, guardabas tus cosas en silencio para que yo no sepa, y no me preocupara.
Fueron pasando los años, casi sin darnos cuenta. Y te ame cada día, te amo todavía. Cruce la ciudad un millón de veces para estar cerca tuyo. Para que sepas que estaba, que podías contar conmigo. Te amé sin ponerte condiciones, acepté de buena voluntad todas las cosas que me pedías. Dejé que en lo posible te salgas con la tuya siempre. Y que te encuentres cómoda y feliz. Muchas veces, me costó muchisimo. Y aunque nunca lo supiste, porque no quería llevarte tristezas, me angustiaba y lloraba muchisimo en esos días.
Luego, empezaste a apartarte. Te fuiste corriendo y dejandome solo. Un mar de sentimientos negativos me invadía. El peor de todos ellos, el miedo a perderte. ¿Como no tener miedo a perderte, con lo todo lo que te amaba cada día?. Fuimos dejando de vernos. Fuimos dejando de hablarnos. El silencio me mataba más que ninguna otra cosa. No saber nada de vos, se me hacia una atrocidad con la que no podía. Como sea buscaba la forma de verte, de saber si estabas bien. De comprobar con mis propios ojos si podías necesitarme. Y de ver en que podía servirte o ayudarte.
Todo fue en vano. Todas mis acciones eran equivocadas. En lugar de acercarme a vos, te alejabas más todavía. En lugar de poder darte todo mi amor, me lo tragaba y me lo comía. Y me hacía por dentro un daño inmenso para el cuál no había ninguna solución que estuviera en mis manos.
El último año, fue de mal en peor. La relación se deterioró de tal manera que se transformó en una verdadera pulseada de titanes. Uno quería y el otro no quería. Debí dejarte ir. Debí ser valiente y no prolongar la agonía. Pero te amaba de tal modo que quería retenerte. Deseaba como al principio, que fueras mía. Deseaba que me ames como me habías amado en aquellos días. o al menos como yo creí que me amaste alguna vez. Todavía esperaba de vos un señal,un signo inequívoco de que me correspondías. Pensé, equivocadamente, que por amarte de la manera tan profunda en que te amaba, tenia el derecho de conciencia a que me correspondieras. No era así. El hecho de que yo te amara, no me daba ningún derecho absolutamente a nada.
Después de todo, lo nuestro no eran otra cosa mas que momentos. No era algo que te importara realmente, ni que tomaras en cuenta con seriedad. En tu situación, ni siquiera podías considerar posible en tu vida a alguien más. Pero yo no podía comprender esas cosas. El amor me cegaba de tal manera, que te buscaba y nada más.
Así las cosas, me juzgaste a tu manera. ¿que te habrás dicho a vos misma ?, ¿Como me habrás visto en esos días?. Yo no asistí al juicio. No estuve de cuerpo presente, y presiento que tampoco hubo un abogado defensor, que abogara por mi. Nada que pudiera hacer que se comprenda mi conducta o mi sentir. Nada en mi defensa. Nada a mi favor.
Después el mundo se me vino abajo. Me citaron una vez para comunicarme la sentencia. Y con el tiempo me enteré, que estás con otra persona. Si tiene límites el dolor, yo todavía no llego a ellos. Y no se donde estarán. Solo sé que te amé como nadie más te ha de amar. Que pasé invisible por tu vida. Que aún estando entre tus piernas por años nunca me viste, enfocada en otras cosas como estabas. Que no eras una persona simple y que todo me resultó muy complicado. Que me he equivocado absolutamente en todo. Que nunca he sido nada ni nadie en tu vida. Que no debí haberte amado. Y que con todo el dolor encima.
Yo te amo todavia....
1 comentarios:
Ämala en silencio Juank si eso te basta.
Publicar un comentario en la entrada