viernes, 16 de septiembre de 2011

Dictador sin rostro.


A veces, pienso que la vida es un dictador sin rostro. Que impone sus reglas y sus eventos, y no nos muestra la salida. Y cuando creemos que estamos libres, sucede que en realidad estamos presos. Que nos lleva en sus manos, como si fuéramos una hoja en el viento. Y aunque nos creemos omnipotentes, allí vamos, sin poder detenernos.

Somos juguetes de fuerzas desconocidas. Sometidos a la voluntad del universo y de la vida. Y aunque intentemos resistirlas, en cierta medida, el fracaso no es más que una experiencia permanente.... una constante reiterativa.

Queremos bailar con la música, seguir el son, pero estamos tan sordos que ni siquiera somos capaces de oír como va la canción. ¿que importan nuestros pequeños deseos, nuestras necesidades infinitesimales, en el gran concierto, o en la gran creación? Los hombres solo somos hombres. La vida baila su propia canción.

Estamos hechos de amor en un mundo que no cree, que perdió la fe y también la ilusión. En una realidad donde el desprecio es moneda corriente. Y donde la gente, cree en el enemigo, y en la competición. Donde lo que tienes representa lo que vales. Y desposeído, es considerado sin valor. Donde el afecto se hizo la rabona. Y donde la nona fué quitada del camino para que pase por encima otra generación. Donde todo es un tropel de atropellos. Y donde los que fueron bellos, se han adaptado a la transformación.

Se vive sin piedad, sin consideración, sin reposo y sin revancha. Como si fuéramos parte de una misma avalancha insostenible camino de la perdición. Donde los nuevos Diógenes siguen viviendo en sus tinajas y recorren las calles desorientados con una linterna encendida buscando un ser humano, por alguna razón. Donde si lo hallamos, nos aferramos hasta asfixiarlo en nuestra desesperación. Donde el alma muere cada día, al no ser regada con las aguas dulces del amor.

Existe además la exigencia de satisfacer al dictador, de hacer su voluntad, de cumplir con sus ideales y sus reglas, con sus caprichos, sus modas, sus ocurrencias. De condenarnos a trabajos de Sisífo que nunca lo satisfarán. De vivir corriendo para llegar a ninguna parte, o para que alguien nos espere en ningún lugar. De dar la vida por la bolsa. De salir y correr el riesgo de ser comidos por el hombre lobo del hombre. De darlo todo todo el tiempo, y nunca nada esperar. De olvidarnos de nosotros mismos para satisfacer el apetito y la demanda exacerbada de lo social. Donde la masa nos traga y nos diluye en sus ácidos digestivos, para reducirnos a la más mínima expresión. De seguir el protocolo en todo, hasta que muera la última señal de creatividad.

A veces, pienso que la vida es un dictador sin rostro. Que juega con nosotros sin preguntar. Pero espero, mañana levantarme, y ya no pensar igual.



himno para la paz