
La memoria tiene una trastienda donde se guardan las verdades. Amontonados por caprichosos desprecios, los recuerdos se quitan de la conciencia, y se vuelven duendes en esa trastienda. Son los duendes del olvido, que viven en cada uno de nosotros. En la trastienda de la mente , condenados a la oscuridad y al frío.
Son los hijos del desprecio. Los expulsados del paraíso. Los recuerdos de los buenos viejos tiempos. las memorias de lo que ha sido. Las cosas que elegimos no creer aunque debiéramos haberlas creído, las cosas que elegimos no amar aunque debiéramos haberlas querido. los errores que ocultamos a nuestros ojos, para no verlos ni recibirlos. Lo que no quisimos que fuera y corrimos del camino. Lo que no aceptamos. Lo que no vimos. Lo que no dijimos. Lo que no oímos.
La memoria tiene una trastienda llena de duendes del olvido. Si abres la puerta se escuchan sus voces, sus gritos, sus alaridos. Están hacinados entre iras, y fastidios, depresiones, dolores, y culpas quejosos como niños. Quieren entrar a este mundo. Pero lo tienen prohibido. Que a todo lo que despreciamos, le damos un castigo. Lo mandamos a la trastienda donde viven los duendes del olvido.
Esperamos que allí, mueran de pena, de angustia y de frio. Cerramos la puerta como si jamás los hubiéramos conocido. Y tapamos sus voces con música y movimiento, con distracciones, con risas, y otros nuevos delirios.
Pero, si abres un poco la puerta, se pueden oir sus voces, sus gritos, sus alaridos.. Son ellos, y aun viven... Son los duendes del olvido.
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